Domingo de la Divina Misericordia

INTRODUCCIÓN

Cuando recibimos una herida en el cuerpo, tras unas horas, unos días o unas semanas esa herida se convierte en una cicatriz, e incluso con el pasar del tiempo llega a desaparecer. Sin embargo, las heridas de Cristo, tanto en sus manos y sus pies como en su costado, nunca han cicatrizado; permanecen abiertas tras su Resurrección. Incluso después de su ascensión al cielo, siguen abiertas.

¿Por qué? Porque la permanencia de sus heridas indica que su amor es para siempre.

PROPOSICIÓN
La Misericordia de Dios es eterna, es para siempre

DESARROLLO:

  1. Las heridas de su pasión llevan la marca de su sufrimiento, pero también son signo de su victoria.
    1. Cristo las muestra a los apóstoles para manifestarles que su amor es más fuerte que la muerte
    2. Y que son signo de su misericordia que no finaliza en su itinerario terrestre, sino que la seguirá ofreciendo a todos los hombres de toda época.

 

  1. El apóstol Tomás no creyó sino hasta ver las heridas de Jesús.
    1. La fe es un don que nos ha llegado a través del testimonio de otros.
    2. En el caso de Tomás este testimonio no bastó.
    3. No seamos de los que exigimos pruebas para creer lo que los demás nos certifican.
  1. El relato del Evangelio concluye con el soplo del Espíritu, con el que Jesús otorga a los apóstoles el poder de repartir su misericordia.
    1. “A quienes les perdonéis los pecados les quedarán perdonados”.
    2. Se trata de repartir a manos llenas el perdón de Dios que brota de sus llagas, pues ellas son signo de que su amor es para siempre.

CONCLUSIÓN
La Misericordia de Dios no es una realidad que únicamente se recibe.

Estamos llamados también a otorgarla, a repartirla a manos llenas hacia nuestros hermanos, pues estamos llamado a ser misericordiosos como el Padre.

P. Agustin De La Vega, LC