Homilía domingo 7 de marzo

Domingo III de cuaresma Ciclo B

Textos: Ex 20, 1-17; 1 Co 1, 22-25; Jn 2, 13-25

Idea principal:
¿A qué “mercaderes” debo expulsar en esta cuaresma que quieren traficar con mi alma y con mi cuerpo, templo de Dios?

Síntesis del mensaje:
Dios en esta Cuaresma quiere purificar el templo de mi cuerpo, de mi alma y corazón, para poder celebrar conmigo su Pascua, es decir, el triunfo del pecado y la inyección de la gracia divina, haciéndome hombre nuevo.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, Cristo tiene que entrar hoy con látigo en mano al templo de nuestra Iglesia y expulsar de ella a todos esos mercaderes que sólo buscan carrerismo, ambiciones, afán de protagonismo y vanidad, llenos de mundanidad en su mente y en su corazón, como tantas veces nos recuerda el Papa Francisco. Y así purificada, nuestra Iglesia sea una, santa, católica y apostólica, y sobre todo según el evangelio en mente, corazón y ritos. Y así nuestra Iglesia sólo busque la gloria de Dios y el bien de todas las personas, visitando las periferias existenciales, consolando a los tristes, ayudando y promocionando a los pobres con obras de caridad, perdonando a los pecadores. Sólo así nuestra Iglesia será facilitadora de la gracia, como sigue afirmando el Papa Francisco, y no burocrática, controladora y obstaculizadora del encuentro del hombre con Dios. Y así en nuestra Iglesia habrá la comunión fraterna, dejando a un lado las envidias que carcomen, los celos que desgastan y las murmuraciones que nos matan. Sólo así nuestra Iglesia católica hará frente al desafío de la proliferación de nuevos movimientos religiosas, a donde muchos van encontrando lo que nosotros tal vez no les damos: acogida, cercanía, cariño, respeto, ternura y solución a sus problemas espirituales, humanos y materiales; y realizado todo sin buscar beneficios económicos o querer ejercer algún poder sobre esas pobres gentes (Evangelii Gaudium 70).

En segundo lugar, Cristo tiene que entrar hoy con látigo en mano al templo de nuestros Organismos Internacionales y nuestros Estados y expulsar de ellos a todos esos mercaderes que sólo buscan el propio provecho e interés financiero o de prestigio, queriendo condescender con todas las ideologías de moda; y no sólo condescender, sino también apoyarlas y promoverlas con dinero, en los medios de comunicación y desde los escaños de los Parlamentos. Sólo así, purificados por la sangre de Cristo, nuestros Estados serán constructores del bien común y buscarán medidas para ayudar a los pobres, garantizar la paz y la justicia. Sólo así, nuestros Estados sabrán que el dinero debe servir y no gobernar (Evangelii Gaudium 58). Sólo así, desaparecerán los males cristalizados en estructuras sociales injustas y podremos esperar un futuro mejor (Evangelii Gaudium 59). Sólo así nuestros Estados crearán el clima para la tolerancia verdadera, el respeto y el diálogo, más allá de toda diferencia en campo político, económico, filosófico o religioso, evitando todo tipo de discriminación, recelos y enfrentamientos con los que no comparten nuestros mismos valores y nuestra misma visión de la vida.

Finalmente, Cristo tiene que entrar hoy con látigo en mano al templo de nuestras familias, de nuestros corazones y expulsar de nosotros todo egoísmo, soberbia, lujuria, groserías, divisiones, ídolos (1ª lectura), y purificada nuestra alma, podamos rendir el culto debido a Dios y cumplir alegremente y por amor los mandamientos (1ª lectura). No nos avergonzaremos de la cruz de Cristo que es fuerza y sabiduría de Dios (2ª lectura). 

Para reflexionar:
¿He dejado la puerta abierta del templo de mi alma para que entre Jesús y eche a todos esos mercaderes que tratan de traficar con mi fe, mi esperanza y mi caridad? ¿Ya tengo localizados esos mercaderes: sectas y propuestas mundanas, egoísmo y vanidad, orgullo y ambición, vida placentera y de lujo, comodidad y pereza, insensibilidad e indiferencia, tristeza y desilusión, depresión y escepticismo? ¿Tengo bien trancada mi puerta con el candado de la vigilancia y la coherencia en mi vida cristiana?

Para rezar:
Señor, entra con tu látigo de amor y echa fuera a todos esos inquilinos que quieren robarme el patrimonio que Tú has regalado a mi alma desde el día del bautismo. Quiero vivir la santa Cuaresma con esa conciencia y necesidad de purificación para poder entrar y disfrutar de tu Pascua.

P. Antonio Rivero, LC