Reflexión espiritual semanal

«“Misericordia y Relativismo”»

Cada semana abordamos un tema que nos ayude a reflexionar en alguna faceta de nuestra condición sacerdotal, bien se trate de una virtud, de un aspecto de la vida espiritual o de nuestro trabajo apostólico.

Cada reflexión va acompañada de un cuestionario que, a modo de examen práctico, busca ayudarnos a analizar y profundizar en el tema propuesto.

Examen práctico sacerdotes

El sacerdotes dedicados a lo esencial


La Iglesia como un hospital de campaña después de un combate. Así ve, y así quiere ver el Santo Padre a la Iglesia, curando las heridas del mundo. Es la imagen del buen samaritano que cura las heridas del hombre que ha sido asaltado por unos ladrones. ¡Qué magnífica aplicación del evangelio y que realismo del Papa al proponer lo verdaderamente urgente en el mundo de hoy!

Corremos el riesgo de perdernos en muchos planes pastorales, en muchas estrategias de acción que resultan ser, las más de las veces, recetas de escritorio en donde viejos esquemas de cumplimiento sacramental, o hipotéticos posibles resultados se convierten en objetivos a lograr. El resultado es mínimo, la frustración máxima y la culpa de todo termina teniéndola “lo mal que está el mundo y la sociedad hoy día, tan lejana de Dios”.

¿Qué es lo que ha pasado? Que actuamos en base a nuestros buenos deseos y no en base a la realidad. Ofrecemos respuestas a preguntas que no se han formulado. Queremos que vengan a misa, que frecuenten los sacramentos, que tengan más fe… en palabras del Papa: nos interesamos más en si tienen el colesterol alto, o el azúcar elevado, en vez de curar primero las heridas sangrantes.

Para ello, nuestra acción pastoral tiene que salir al campo de batalla, hablar con las personas, consolarlas, fortalecerlas, hacerles ver que Dios les ama, que Jesucristo les ha salvado y sólo después catequizar. En definitiva: suscitarles las preguntas para que quieran escuchar las respuestas.

Tal es la propuesta de lo que se ha dado en llamar el primer anuncio. Anunciar el kerigma, el amor de Dios. Después vendrá la formación y los sacramentos.

Cuando una persona hace la experiencia de Jesucristo, es decir, cuando se encuentra personalmente con Él, cuando percibe vivamente que Dios le ama íntimamente, el camino de su sanación está prácticamente resuelto. Tal es lo que le sucedió a Zaqueo. Si es un alejado, volverá; si es un no-creyente buscará la fe; si es una persona que se dedica simplemente a cumplir con las exigencias y mandamientos de Dios y de la Iglesia, pasará del cumplir al vivir.

Esta es la propuesta clara y atrayente que el Papa Francisco nos hace para que salgamos a las periferias existenciales del mundo en las que nuestros contemporáneos yacen heridos. Periferias de pobreza y marginación; las periferias de ignorancia cultural y humana; las periferias del abandono y de la soledad en medio de abundancia de bienes materiales; y la peor de todas: las periferias que producen el pecado y la ausencia de Dios.

Meditemos a fondo estas palabras del Santo Padre y busquemos aplicarlas cada uno en nuestras comunidades. Que ellas nos impulsen a salir al encuentro del hombre herido: «Veo con claridad que lo que la Iglesia necesita con mayor urgencia hoy es una capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones de los fieles, cercanía, proximidad. Veo a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla. ¡Qué inútil es preguntarle a un herido si tiene altos el colesterol o el azúcar! Hay que curarle las heridas. Ya hablaremos luego del resto. Curar heridas, curar heridas... Y hay que comenzar por lo más elemental». «La Iglesia a veces se ha dejado envolver en pequeñas cosas, en pequeños preceptos. Cuando lo más importante es el anuncio primero: “¡Jesucristo te ha salvado!”. Y los ministros de la Iglesia deben ser, ante todo, ministros de misericordia.

Planteamientos como este hacen cada día más creíble la acción de la Iglesia en el mundo. Por otra parte, no es un planteamiento nuevo, siempre la Iglesia ha estado ahí al lado del hombre herido. Pero muchas veces, como dice el Papa, nos hemos dejado envolver en pequeñas cosas, en pequeños preceptos, en definitiva, en cosas secundarias olvidando lo esencial. Seamos sacerdotes que nos dedicamos a lo esencial.

P. Agustín De la Vega, LC

Examen práctico

EL SACERDOTE HOMBRE DE DIOS

1. ¿Entiendo que ser homo Dei significa un estado habitual de unión con Dios Nuestro Señor, de pertenencia a Él, de gracia y amistad con El, de verdadero fervor y santidad?

2. ¿Soy consciente de que, para ser hombre de Dios, he de plasmar todos mis pensamientos, criterios y comportamiento según el espíritu del Evangelio? ¿Por ello medito con frecuencia el Evangelio, con el fin de asimilar más y mejor sus enseñanzas? 7

3. ¿Procuro valorar las realidades temporales (acontecimientos, personas, objetos…) y relacionarme con ellas de acuerdo con los criterios del Evangelio, para dejar en todo la impronta de Dios?

4. ¿Estoy convencido de que la unión y amistad con Dios propia del homo Dei sólo es posible cuando hay humildad?

5. ¿Estoy convencido de que el tiempo que el sacerdote dedica al encuentro íntimo con Dios es siempre el mejor empleado? ¿Me he dado cuenta de que no seré homo Dei, ni podré realzar la misión de comunicar a Cristo, mientras no haya penetrado por la oración en los misterios de la encarnación, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo?

6. ¿Dentro de mi comunidad doy testimonio como hombre de Dios con mi piedad, fidelidad, conversaciones?

7. ¿Busco como Jesucristo servir a todos con pureza de corazón, sin buscar los mejores puestos ni esperar recompensa alguna? ¿Cuando ejerzo el ministerio lo hago con humildad, sin sentirme mejor que los demás?; ¿siembro a mi alrededor paz y alegría?

8. ¿Percibo que mis hermanos esperan del sacerdote que sea sobre todo un conocedor del Evangelio y un guía seguro de las conciencias? ¿Procuro por ello que cuanto aporto a las almas no se quede en un nivel meramente humano (intelectual, psicológico, práctico…), sino que les ayude a conocer a Jesucristo y a vivir según sus enseñanzas?

9. ¿Edifico a las almas por mi desprendimiento de la gloria humana y de las cosas materiales? ¿He escandalizado a otras personas por mi afán de ser admirado; por mi trato altanero, superficial, o poco universal; por mi afición a lo mejor y a lo refinado; por mis gustos en música, diversiones, espectáculos?, ¿cómo pienso reparar este daño?

10. ¿Percibo que las almas, aquejadas, por el materialismo, la desesperación, el pesimismo y el error, anhelan encontrar al homo Dei que infunde la serenidad y la verdad de Dios?

11. ¿Qué voy a hacer para crecer más como homo Dei en mi vida espiritual y en mi comportamiento?

 

P. Agustín de la Vega, LC